domingo, 2 de agosto de 2009

La revista National Geographic publica, en su edición de agosto, el informe especial “El fin de la abundancia”[1]. Las cifras son claras: durante los últimos 10 años, la humanidad ha consumido más alimentos de los que ha producido. El resultado ha sido que Occidente ha tenido que gastar más dinero en el mantenimiento de su nivel de consumo, mientras que el tercer mundo se ha visto obligado a comer un poco menos. Si una familia occidental se alimentase de productos poco elaborados (como lo hace, por ejemplo, una familia africana) la subida de la harina de 0,30 a 0,90€/Kilo, supondría aumentar el presupuesto de alimentación del 5% al 15%. Para 1.000 millones de personas que ya destinaban a la comida el 70%, ese aumento de precio significa comer menos de la mitad. En 2008 el precio del trigo y el maíz era el triple que en 2005, mientras que el del arroz se multiplicó por 5. En este momento, las reservas almacenadas dan para dos meses (la segunda cifra más baja de las que se tiene registro). ¿Qué esperanzas nos quedan? La esperanza del clima: Las expectativas de cambio climático, sean coyunturales o definitivas, auguran un empeoramiento de las sequías y, por tanto, de las cosechas; baste un ejemplo: Si para el año 2035 se espera que hayan desaparecido los glaciares del Himalaya, ¿de qué se alimentarán los cientos de millones de personas que comen y beben de sus aguas?. La esperanza de un cambio en los hábitos de consumo: A pesar de todos los problemas, el consumo de los paises avanzados, aumenta cada año. Ocurre igual con países como China en donde, entre 1993 y 2005, el consumo de cerdo ha aumentado un 45 %. Aún hay margen para otro 40%. Si cada kilo de carne cuesta 5 kilos de cereales y ocho de combustible, y el 30 % de las cosechas se destinan a etanol, ¿qué queda para los restantes 4.000 millones de habitantes de la Tierra? La esperanza de una solución tecnológica: En la “hambruna de Bengala” de 1943 murieron de hambre 4 millones de personas. Unos años más tarde -en 1970- el gobierno indio, asesorado por el equipo de Norman Borlaug, empezó a cultivar nuevas variedades de alto rendimiento consiguiendo triplicar la producción. Lo que en ese momento se llamó "revolución verde", hoy día no se considera tan "verde": además de las nuevas variedades de cultivo, supuso también la implantación del uso intensivo de fertilizantes, plaguicidas y regadío, provocando el agotamiento y envenenamiento de los recursos hídricos. A ese precio, Borlaug salvó del hambre a cientos de millones de personas y por ello recibió el premio nobel de la paz. En África la revolución verde apenas ha empezado: antes es necesario un cambio en la mentalidad de los gobernantes. He aquí un ejemplo positivo: en 2005 un tercio de los 13 millones de habitantes de Malawi necesitaba ayuda alimentaria. Una iniciativa personal del presidente Mutharika logró que 1,3 millones de familias pudieran comprar (a 1/3 de su precio) tres kilos de semillas y dos sacos de fertilizante. El resultado fue el “milagro de Malawi”. En dos años, el país pasó de un déficit del 40% a un superavit del 53%. El éxito de la experiencia ha favorecido además la implicación de ONG,s y fundaciones como la Rockefeller o la Gates. Como alternativa a la industrialización del campo, al Norte de Malawi funciona el proyecto “Suelos, Alimentos y Comunidades Saludables”. Su objetivo es promocionar el cultivo de soja, leguminosas y otras variedades que mejoran la diversidad alimentaria y que enriquecen el suelo permitiendo reducir el uso de fertilizantes. Todos estos sistemas, desde el más puramente industrial hasta los enfoques más "sostenibles", se muestran exitosos. Sin embargo, a pesar de los optimistas informes de sus defensores, el mundo sigue sumido en una profunda crisis alimentaria que, además, también es energética y climatológica. A estas alturas, el debate ya no está en decidir el modo de actuación: la emergencia es tal que sería dramático prescindir de cualquiera de la soluciones. Las actuaciones deben llevarse a cabo en todos los frentes: desarrollo de la agricultura ecológica, mejora de la la industria agraria, control de la población -sobre todo- en el tercer mundo, y reducción del consumo -sobre todo- en el primer mundo. Y para llevar a cabo todo esto, ya bastante difícil, solo falta un detalle más: al igual que en Malawi, necesitamos un revolucionario cambio de mentalidades. El problema más grave no radica en el cambio climático ni en las multinacionales: el problema es -directamente- nuestra incapacidad para dejar de vivir como lo estamos haciendo ahora. Los debates en los que se agota toda nuestra buena voluntad, no tienen más consecuencias que blanquear nuestra conciencia y desahogar nuestra ira contra un supuesto enemigo que, en realidad, se pega la vida padre junto a nosotros. Después del debate, votaremos al político que nos prometa filetes y gasolina más baratos. Esto no lo dice National Geographic porque aguijoneando a los lectores no se venden revistas. [1] El subtítulo, dirigido para quienes nunca nadaron en ella, es “La crisis alimentaria”. En la foto, a los pies de la pirámide de Gizeh, destino turístico de masas, una muchedumbre se arremolina para conseguir pan subvencionado.
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